ISRAEL LATINA

Magazine virtual ISSN: 1565-7442, 2da. Etapa

“Mitos y realidades” 3er. capítulo: La partición (I), Mitchell G. Bard

MITO

«Las Naciones Unidas dividieron injustamente a Palestina»

REALIDAD

Al término de la segunda guerra mundial, se dio a conocer la magnitud del Holocausto. Esto aceleró las demandas por resolver la cuestión de Palestina de manera que los sobrevivientes de la «Solución Final» de Hitler pudieran encontrar un santuario en una patria propia.
Los británicos intentaron llevar a cabo un acuerdo aceptable tanto para árabes como para judíos; pero su insistencia en obtener la aprobación de los primeros garantizó el fracaso [de la gestión], porque los árabes no harían ninguna concesión. Subsecuentemente, los británicos les transfirieron el asunto a la ONU en febrero de 1947.
La ONU nombraron una Comisión Especial sobre Palestina (UNSCOP, sigla en inglés) para planear una solución. Delegados de 11 naciones fueron a la zona y encontraron lo que durante mucho tiempo había sido evidente: las incompatibles aspiraciones nacionales de judíos y árabes no podrían reconciliarse.
Las actitudes contrastantes de los dos grupos «no pudieron dejar de dar la impresión de que los judíos estaban imbuidos del sentido del derecho y estaban preparados para presentar su caso ante cualquier tribunal imparcial, mientras que los árabes se sentían inseguros de la justicia de su causa, o temían someterse al juicio de las naciones».1
Al regresar, los delegados de siete naciones —Canadá, Checoslovaquia, Guatemala, Holanda, Perú, Suecia y Uruguay— recomendaron el establecimiento de dos estados separados, uno judío y otro árabe, mancomunados en una unión económica, con Jerusalén como un enclave internacional.
Tres naciones —India, Irán y Yugoslavia— recomendaron un estado unitario con provincias árabes y judías. Australia se abstuvo.
Los judíos de Palestina no estaban satisfechos con el pequeño territorio que les asignaba la Comisión, ni se sentían felices de que Jerusalén fuese separada del estado judío; sin embargo, aceptaron el acomodo. Los árabes rechazaron las recomendaciones de la UNSCOP.
El comité ad hoc de la Asamblea General de la ONU rechazó la demanda árabe de un estado árabe unitario. La recomendación de dividir [el territorio] hecha por la mayoría fue subsecuentemente adoptada por 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones el 29 de noviembre de 1947.2

LaparticiónMapa2

«Es difícil ver cómo el mundo árabe, aún menos los árabes de Palestina, sufrirán lo que es mero reconocimiento de un hecho consumado: la presencia en Palestina de una comunidad judía compacta, bien organizada y virtualmente autónoma». —Editorial del Times de Londres3

MITO

«El plan de la partición les dio a los judíos la mayor parte de la tierra, y todas las áreas cultivables».

REALIDAD

El plan de la partición tomó la apariencia de un tablero de ajedrez, en gran medida debido a que los pueblos y aldeas judíos estaban dispersos por toda Palestina. Esto no complicó tanto el plan como el hecho de que los altos niveles de vida de las ciudades y pueblos judíos habían atraído a gran cantidad de poblaciones árabes, lo que aseguraba que cualquier partición resultaría en un estado judío que incluiría una substancial población árabe.
Reconociendo la necesidad de permitir asentamientos judíos adicionales, la propuesta de la mayoría les asignaba a los judíos tierras en la parte norte del país, la Galilea, y el grande y árido desierto del Negev en el sur. El resto había de formar el estado árabe.
Estas fronteras se basaban tan sólo en la demografía. Los límites del Estado judío se establecieron sin ninguna consideración a la seguridad: de ahí que las fronteras del nuevo estado fueran virtualmente indefendibles. En su totalidad, el estado judío estaba compuesto de unas 5.550 millas cuadras, y su población la integraban 538.000 judíos y 397.000 árabes. Aproximadamente 92.000 árabes vivían en Tiberias, Safed, Haifa y Bet-Seán, y otros 40.000 eran beduinos, la mayoría de los cuales vivían en el desierto. El resto de la población árabe se encontraba dispersa a través del Estado judío.
El éstado árabe había de tener 4.500 millas cuadradas con una población de 804.000 árabes y 10.000 judíos.4  Los críticos sostienen que la ONU les dieron a los judíos tierra fértil, mientras a los árabes les asignaron tierra árida y montañosa. Eso es falso. Aproximadamente el 60 por ciento del Estado judío había de ser el árido desierto del Negev, mientras los árabes ocuparon la mayoría de las tierras agrícolas.5
Venía a complicar aún más la situación la insistencia de la mayoría de la ONU de que Jerusalén quedara aparte de ambos estados y fuese administrada como una zona internacional. Este arreglo dejaba a más de 100.000 judíos de Jerusalén aislados de su país y rodeados por el Estado árabe. Según estadísticas británicas, más del 70% de la tierra en lo que se convertiría en Israel no era propiedad de granjeros árabes, pertenecía al gobierno del Mandato. Estas tierras quedaron bajo control israelí luego de la salida de
los británicos. Casi el 9 por ciento de la tierra era propiedad de judíos y aproximadamente un 3 por ciento de árabes que se hicieron ciudadanos de Israel.
Eso significa que aproximadamente un 18 por ciento pertenecía a árabes que abandonaron el país antes y después de la invasión árabe de Israel.6

Mitchell G. Bard© Traducción al español: Vicente Echerri ISBN 0-971-2945-4-2

Notas:

1 Aharon Cohen, Israel and the Arab World, (Boston: Beacon Press, 1976), pp. 369-370.
2 Votaron a favor de la partición: Australia, Bélgica, Bolivia, Brasil, Bielorusia, Canadá, Costa Rica, Checoslovaquia, Dinamarca, República Dominicana, Ecuador, Francia, Guatemala, Haití, Islandia, Liberia, Luxemburgo, Países Bajos, Nueva Zelandia, Nicaragua, Noruega, Panamá, Paraguay, Perú, Filipinas, Polonia, Suecia, Ucrania, Suráfrica, Unión Soviética, Estados Unidos, Uruguay, Venezuela. Votaron en contra de la partición: Afganistán, Cuba, Egipto, Grecia, India, Irán, Irak, Líbano, Pakistán, Arabia Saudita, Siria, Turquía, y Yemen. Se abstuvieron: Argentina, Chile, China, Colombia, El Salvador, Etiopía, Honduras, México, Gran Bretaña y Yugoslavia. Yearbook of the United Nations [Anuario de las Naciones Unidas], 1947-48, (NY: Naciones Unidas, 1949), pp. 246-47.
3 London Times, (1 de diciembre de 1947).
4 Howard Sachar, A History of Israel: From the Rise of Zionism to Our Time, (NY: Alfred A. Knopf, 1998), p. 292.
5 Cohen, o. cit., p. 238.
6 Moshe Aumann, «Land Ownership in Palestine», 1880-1948, en Michael Curtis, et al., The Palestinians, (NJ: Transaction Books, 1975), p.29 citando la p. 257 de la Encuesta de Palestina del gobierno de Palestina.

Ir al inicio del libro: https://israelatina.com/2014/07/13/mitos-y-realidades-mitchell-geoffrey-brad/

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“La Torre de Babel Ediciones”

“La Torre de Babel Ediciones”, es un proyecto editorial independiente, que propone la divulgación de autores isarelíes contemporáneos que escriben en español. Relatos, poemas y entrevistas. Novela histórica basada en hechos reales. Poesía erótica. Diferentes géneros para mirar esta sociedad.

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“El último día”, Mina Weil

Monfalcone, en el noroeste de Italia, 1938.Una familia judía feliz. Una muchacha y las tiernas confusiones de la adolescencia. De repente, el aire se enrarece, los bordes de la realidad se resquebrajan; una ley anula los derechos de los judíos y los declara subhumanos. Antiguos fantasmas de muerte y dolor regresan desde relatos que parecían sólo eso, viejas historias. El exilio apresurado se vuelve la única alternativa. Hay, entonces, que abandonarlo todo, demoler, deshacer lo que era, tan naturalmente, la vida. Hay que hacerse adulto antes de haber dejado de ser niño. Habrá un último día en a escuela y en la casa, habrá un puerto y un barco, habrá la vaga imagen de una Argentina de la que sólo se conoce el sabor de ciertos caramelos de nombre divertido. En las maletas apenas cabe lo imprescindible – y también los símbolos lo son: la valijita de cartón de un fugitivo de otra guerra, los candelabros de Shabat envueltos en los decretos antijudíos. Desde la cubierta del barco, reiterando sin saberlo la antigua mirada del desterrado, Anna aprende definitivamente que la vieja Historia es parte de su propia biografía. “El último día” es un relato de amores naturales y violencias incomprensibles, de bruscos crecimientos y envejecimientos prematuros. No hay en él rencor o estridencias, sino una dolida denuncia y, sobre todo, la apretada nostalgia que desea recuperar y preservar, mediante la palabra amorosa, lo que nunca debió perderse del modo en que se perdió. Florinda Friedman Goldberg. (Docente e investigadora de Literatura Latinoamericana Universidad Hebrea de Jerusalén y Universidad de Tel Aviv)

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